BLOG Medrano

Namibia

JUEGOS DE ARENA

Hace más de dos mil años le preguntaron al poeta indostán Que Yuan,  qué significaba la poesía del desierto. Se quedó pensando en la respuesta y nunca más habló…  Quizá, nunca se recuperó de una infancia feliz.

Me fascina el desierto, que es un territorio movedizo  donde no hay residencias. A lo largo de mi vida he tenido dos ocasiones de contemplar en total claridad y esplendor la vía láctea, ruta de leche y lirio, ese manto de estrellas suspendidas cual guirnaldas a la puerta de las nubes: en el desierto de Atacama,  y ahora  en el de Namib. Tal fue la impresión que exclamé: ¡Oh, Señor, que no haya tanta belleza!

Tampoco resulta fácil describir los sentimientos que me invadieron al llegar al pie de la duna 40, tocar con las manos la arena quieta, cálida,  y pensar en los indómitos vientos que levantaron esta montaña dorada; y todavía más, cuando el futuro aún era océano …

El vuelo en globo aerostático, cuando la mañana, vencida, se derrama y se desnudan las sombras,  uno se siente en otra dimensión del tiempo. Se sigue la estela de polvo de los 4x4,  se perfilan los círculos que forman las bacterias en la hierba reseca y, a lo lejos, horizontales láminas disuelven celestes arenales.
Desde la  cesta todo se mueve con asombrosa lentitud; hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio del desierto.

La penetración en las dunas con la Cesna 206 resultó una aventura apasionante,  Los portugueses constituyeron una prolongación de Angola y la llamaron “As areinas do inferno”. Después la abandonaron; los siguientes colonizadores que llegaron a las Arenas del infierno la llamaron Costa de  los Esqueletos por la enorme cantidad de naufragios y marineros vagando en un mar de dunas implacable,  de espejismos creídos por seres que perdieron sus pasos en la arena.

En agradecimiento a mi mujer Consuelo y a nuestros compañeros de viaje Paco y Chelo





Última actualización el Martes, 03 de Junio de 2014 11:43
 

Tenemos nueva web

Bienvenidos a la exposición de trabajos fotográficos de Fernando Medrano.

Esperamos que disfruten del trabajo realizado en estos años de ejercicio de la fotografía y no duden en contactar si el trabajo es de su interés

Amanecer en Mopti

 

 

 

 

 

 

Última actualización el Martes, 04 de Febrero de 2014 12:39
 

MAREAS

Bretagne, Normandie, Highlands de Escocia, isla de Skye, el mar, faros, mareas, niebla. Desde siempre me han impresionado los faros. A lo largo de tres meses, en compañía de Consuelo, mi mujer, he visitado unos cuantos; el más pequeño,  en funcionamiento de un modo testimonial, es el North Queensferry Light Tower en Escocia. El farero  mantiene brillantes los dorados del quemador de gas  y la vidriera de la linterna, al anochecer gira la luz del faro,  gira sin cesar, no se detiene, gira  y gira;  mudo, ve como nadie lo mira. A veces, entre la niebla, es vigilante de un mar de azar que se bebe el canto de los marineros.


El moderno puente de la isla de Skye ha sustituido un imponente faro que ha pasado a mejor vida, lo abandonaron a los secretos de sus dos ritmos de luz y de espuma  como un campo de amor, es  entonces cuando  el mar se vuelve oscuro como la noche y no se refleja el firmamento ni se hacen trasparentes los mismos sentimientos de los hombres.


Igual que los poetas no quieren ver las ampliaciones y pormenores de la luna, yo no he querido comprender el ritmo ni los tantos porcentuales de las mareas, tan sugerente encuentro  cuando las espumosas olas se estrellan al pie de las rocas como si se alejan y penetran en la bruma que tamiza la luz sin desvelarla. En la iconografía del Atlántico hay tres momentos poderosos: el crepúsculo, cuando el océano propicia la más increíble metamorfosis; la tempestad, cuando la espuma abraza los faros, en una lucha de Eros y Tánatos y las mareas. ¡Las mareas! “Nada más desconcertadamente melancólico que ciertas playas a la hora de la bajamar” escribió María Zambrano en Filosofía y poesía.


Y quedan las gaviotas, criaturas de la belleza más pura y excelsa, que no son otra cosa sino agua que ansía volar, ¿Cómo no confiar en el viento? Aves de mirada transparente que no se enamoran mas que del mar y aprendieron los idiomas universales de la naturaleza y el cansancio de los largos viajes. La gaviota es tan ligera que rompe la brisa como rompen los sueños los soñadores.  En las playas de Calais, Septiembre ofrece un banquete de malva en la emergente arena junto a las casitas de madera blanca,  lugar donde  las gaviotas construyen sus nidos de amor y luz; en ese idílico lugar casi las toqué con mis manos.
Verano de 2013

Última actualización el Martes, 03 de Junio de 2014 11:55
 

LA GOLONDRINA Y LA ABULIA

La vertiente sur de Sierra Nevada, tan favorecida por la madre naturaleza, resplandecía pletórica de luz e insectos. Mados, una golondrina macho, perteneciente a la bandada del dormidero de  Bubión, gustaba del vuelo rasante, de las arriesgadas acrobacias entorno a las chimeneas tubulares de los caseríos y atravesar la espuma de las vaporosas norias. En Pórtugos, aldea de alondras y voluptuosas mariposas, Alba, una abulia revoltosa y despierta a la vez que desconfiada, había criado dos polluelos que a estas alturas del verano volaban con independencia.
Ambas aves se veían en los arroyos, espejos de agua de las nieves de diciembre; aunque no habían intercambiado palabra alguna, sí disfrutaban de los campos de luz de  la Alpujarra.
El rocío de la Sierra emitía en el cielo pequeñas esferas azules, inequívoca señal  para emprender el viaje de regreso a las tierras cálidas  de los mercaderes de ámbar.  Mados, que dejó a su compañera herida en las costas de Tunez, desconsolado, dejó alejarse la manada y quedó rezagado; cuando reinició el viaje, presto a  cruzar el mar, vio a  Alba llegar, muy resuelta  en un vuelo ondulante y errático cual  mariposa de alas negras y blancas.

-Hola Mados, soy Alba que regreso a mis cielos; siento miedo del viento salobre y me he dormido para que vuelen las mariposas -Exclamó la abulia replegando su cresta.
Yo cruzo el estrecho en dirección a Oriente en busca de mis hijos en las nubes y de Aziza, mi amada, y de las rosas que viven en silencio -dijo Mados
-Siempre que cruzo este trecho de mar se interponen cálidas nubes de polen, mi vuelo es torpe e inseguro y necesito compañía. -añadió Alba.

Sobrevolando un mar azaroso ....., todavía en el primer cielo, Alba creyó vislumbrar un extraño cetáceo luchando contra las olas y  el fuerte viento del estrecho,  empezó a temblar de miedo;   en realidad se trataba de una embarcación de pescadores remando en un mar de flores blancas que, entre su historia y el llanto, recordaban a sus hijos jugando con las estrellas y los cometas.

A punto de llegar a la playa de Marsa Yawyan  se apercibieron del vuelo circular y escrutador del poderoso halcón.
-¡Cuidado, Alba, es arriesgado continuar en esta dirección. Mejor será virar hacía oriente y confiemos en el viento,  -Dijo Mados.
-Sí, ¡qué miedo!, es el mismo halcón que el año pasado atrapó a mi hermana. ¡No me dejes, Mados, llévame contigo ...!  -Exclamó Alba.
Volaron sobre la Mar Chica, continuaron hacia Saïdia, una tierra borrada por el viento, para pasar la noche en el lago Sebkha de Oran.

La corriente de los acantilados facilitaba  el vuelo, las estriadas nubes blancas favorecían el suave morir del día y los  abundantes tréboles aguardaban el otoño para florecer.
-Sabes, Mados, ese pajarraco me asustó tanto que no me importa seguirte, guardo en mi corazón las canciones de otoño de mis campos y me entristece, pero ahora, anhelo   volar junto a ti y conocer tus oasis, el néctar de los dátiles  y las libélulas. -Exclamó Alba.
Ciertamente, formamos una apareja muy desigual y extraña, tu vuelo ondulante con frecuentes cambios de dirección no es el indicado para largas distancias sin escalas, aunque tus alas son inmensamente gráciles y bellas y la cresta es divertida, y  no me creo lo que dicen: que hueles mal. Para bien y para mal, ya somos una pareja. -dijo Mados.
Mi hábil y gentil compañero Mados, podemos no ser veloces ni ágiles voladoras, pero no menosprecies a las abubillas, tenemos historia; te voy a contar quién era mi tatarabuela: Hace muchos años, el mundo de los pájaros se encontraba en un caos integral: reinaba la anarquía, el descontento y la agitación. Escaseaba la comida y el agua dulce; el aire, emponzoñado de tristeza, era irrespirable y por tal motivo se convocó a todos los pájaros del mundo, incluidas vosotras, sagradas golondrinas, a una asamblea  para buscar una solución. En la reunión,  el pájaro abulia  dijo saber de un monarca que reinaba en la montaña de Kan, el   cual  tenía todas las respuestas a los problemas. Dirigidos por  el pájaro abulia, que era mi abuela, cientos de miles de pájaros se aventuraron a emprender el largo viaje atravesando los siete valles sagrados para llegar a la montaña de Kan. Muchos de los pájaros no pudieron soportar las tremendas pruebas de transformación, ni la renuncia a sus territorios, ni tampoco lo que vieron en el camino. Algunos pájaros se desviaron de la  ruta, perdieron la razón, no sabían si estaban muertos  o vivos y se desvanecieron. Cesaron  el rayo y los indómitos vientos,  las nubes se disiparon y se escuchaba, acompañado con el arpa, el canto de las lamentaciones.
Tan sólo treinta pájaros supervivientes lograron llegar a la sagrada montaña de Kan, el sueño de los pájaros muertos es muy profundo y la memoria de su polvo está muy honda, relató Alba
-Y que pasó al final -inquirió Mados
-Pues, que de los pájaros que iniciaron el largo viaje, después de volar muchas lunas y superar muchas fatigas, los que  llegaron, ellos mismos,  ya habían encontrado la solución a los problemas.


-¡Delirante! exclamó Mados, nosotras las golondrinas somos amadas desde la antigüedad y consideradas un singular símbolo de la libertad. Si hacemos el nido en la casa de alguien significa bendición de los hijos y felicidad, además, los tallos de la  hierba de la golondrina devuelven la vista, por eso existe el temor entre los hombres de quedarse ciegos si matan una golondrina. Todo esto está bien explicado en el libro de los muertos.
Con estos y otros relatos pasaron muchos días, y muchas noches. El cielo se había oscurecido cuando acertó a pasar un murciélago cerca de ellos y les preguntó si tenían noticias del sol, añadió desolado que pasaba toda la vida volando en la oscuridad y tenía dudas si este realmente existía.
Un cuervo les contó que un día preguntó a un sepulturero si era posible enterrar el amor a lo que este respondió que había enterrado innumerables cadáveres, pero nunca, ni una sola vez,  había enterrado sus deseos.
En los bosques de Tabarra, donde muere el Atlas y las mariposas no saben si sueñan o son soñadas, , les despertó un ruiseñor con un canto ...  “Vivo un siglo en este arrollo sólo  para el amor, mi rosa y yo estamos unidos. ¿Como podría abandonarla?”  A la caída de la tarde le preguntaron a un cuclillo que piaba desesperadamente. -¿A quién llamas pequeño cuclillo, en este bosque de leyendas? -A nadie, contestó el pequeño cuclillo, vine hasta aquí creyendo que estaría solo, a preguntarle a la sublime luz del alba lo que mira tan  hermosa.

En la rama de un cedro encontraron al búho sabio, pero este ni se inmutó y tampoco reparó en su presencia.

Mados y Alba continuaron su  migrar por la costa dejando atrás muchas lunas, muchos acantilados blanqueados con nidos de gaviotas. Sobrevolaron los mercados de especias, el rincón de los mercaderes de ámbar, el bazar de las flautas; al morir el día cuando se tiñen de rosa los rastrojos y la sombra turba las ramas, se introducían en el bosque para pasar la noche. A veces dormían en palomares  abandonados para protegerse de la mirada del  halcón.
Contaba un viejo loro del Amazonas que los hombres están hechos de carne y las golondrinas son trozos de sueños de libertad que los hombres nunca pudieron conquistar, dijo Alba.

A pesar del vuelo singular de Alba, llegaron al lago de Fetzara,  adonde Mados debería encontrar  a  Aziza. Su búsqueda resultó inútil. ¿A donde has ido a reposar, en qué gruta del monte podré encontrarte? ¡Qué ansiedad siente mi alma! Exclamó Mados.
-Cantemos hoy a las golondrinas, que gozaron inaugurando primaveras. Prosiguió Alba
Pero estos cantos y los vuelos no son nada comparados con estar cerca de la amada.    Mi espíritu se lanzará al espacio lamentando la muerte de Aziza. ¡Oh, Aziza, bella y tierna Aziza, hija de Aanisa, eras como una flor del otro mundo!, respondió Mados.

Alba y Mados se sentían cansados, por lo que decidieron no  regresar más a la Alpujarra,  convinieron permanecer juntos y vivieron algunas primaveras florecidas en un viejo palomar junto al lago,  al acecho del doliente coro de los mosquitos entre los sauces de la ribera.
Nunca se separaron la abulia y la golondrina y, juntos, vieron pasar los soñadores portando espejos de agua,  y aprendieron a leer el tiempo de los arroyos,  de las estremecidas alas de las mariposas y de los gusanos de luz.

Última actualización el Martes, 04 de Febrero de 2014 15:24
 


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